Noticias económicas desde la ESS (4): ¿Tiene algo que ver el accidente de avión en La Guardia con la ESS? La IA como sueño húmedo de Taylor.

Serie: Noticias económicas desde la ESS

Una serie de artículos que toman una noticia económica convencional y la leen desde la Economía Social y Solidaria: no como comentario al margen, sino como marco de análisis, como disciplina económica, como escuela heterodoxa con herramientas propias para entender lo que pasa.

La noticia

En marzo de 2026, Ellen McGirt publicó en The Observatory, la newsletter de Design Observer, un texto titulado «Systems are failing. Just ask airport staff.» Dicho artículo pone en relación el accidente entre un avión y un camión de bomberos en el aeropuerto de La Guardia y la resiliencia de los sistemas complejos. El punto de partida era una pregunta que la mayoría de pasajeros no se hacen cuando pasan por un control de seguridad o miran la pantalla de embarque: ¿por qué funciona esto? No en abstracto, no como milagro de la ingeniería, sino en concreto: ¿quiénes son las personas que hacen que un aeropuerto, un hospital, una red eléctrica, una cadena de suministro farmacéutico sigan operando cada día, incluso cuando algo falla?

McGirt recupera el trabajo del Dr. Richard Cook, investigador de la Universidad de Chicago que pasó décadas estudiando cómo funcionan los sistemas complejos. Su hallazgo es contraintuitivo, y merece una lectura lenta: los sistemas complejos no funcionan porque estén bien diseñados desde arriba. Funcionan porque contienen múltiples capas de salvaguardas distribuidas a lo largo de todo el sistema, sostenidas por personas que las operan día a día. Personas que compensan errores de diseño, que improvisan respuestas no previstas en los manuales, que detectan señales de fallo antes de que nadie más las vea. Cook lo resumió con una frase que es una paradoja: «La verdadera sorpresa no es que haya tantos accidentes. La sorpresa es que haya tan pocos.»

La newsletter de McGirt no es un artículo de investigación académica; es un texto de diseño, escrito en el contexto de los despidos masivos promovidos por el llamado DOGE bajo la administración Trump: recortes en la TSA (la agencia de seguridad aeroportuaria), reducción de controladores aéreos, desmantelamiento de agencias federales. El argumento es directo: cuando se despide a las personas que sostienen las capas de salvaguarda de un sistema complejo, el sistema no se rompe inmediatamente. Se degrada de forma invisible. Y un día, un evento menor desencadena un fallo que, mirado desde fuera, parece inexplicable; pero que, mirado desde dentro, era perfectamente predecible.

Esa es la noticia. Un texto sobre aeropuertos y controladores aéreos. ¿Qué tiene que ver con la Economía Social y Solidaria?

Todo.


Los agentes de resiliencia que todos minusvaloran

Cook llamaba «operadores» a estas personas. McGirt las llama «agentes de resiliencia»: nodos humanos sin los cuales el sistema se degrada. Su conocimiento no está en los manuales ni en los organigramas; es tácito, situado, acumulativo. Un controlador aéreo no solo aplica protocolos: ha internalizado patrones a lo largo de miles de horas, ha desarrollado intuiciones sobre cuándo algo está a punto de ir mal, ha construido relaciones con otros operadores que permiten coordinar respuestas que ningún algoritmo puede anticipar.

Lo que nosotras reconocemos en esa descripción es algo que la ESS lleva décadas intentando articular con un vocabulario que el mundo convencional no siempre entiende: la idea de que hay personas, organizaciones y formas de hacer economía que sostienen sistemas enteros desde abajo, sin que aparezcan en ningún ranking, sin que nadie las cuente como infraestructura, y sin las cuales el tejido productivo, social y territorial de un país se desmoronaría.

Lo que la Economía Social como disciplina académica intenta iluminar es que la resiliencia de los sistemas complejos no solo es más relevante que el crecimiento: debe abordarse como un parámetro consciente en la asignación de recursos, no como una externalidad. Las cooperativas agroalimentarias que vertebran comarcas enteras en la España interior, las asociaciones de servicios sociales que atienden a quienes el mercado abandona o las cooperativas de crédito que son mayoría en ámbitos rurales son estructuras económicas que no solo producen resultados en términos de alimentos, empleo o generación de dinero, sino que también producen (entre otros múltiples impactos) resiliencia.

Es exactamente la lógica de Cook: la sorpresa no es que haya territorios en crisis. La sorpresa es que haya tantos que funcionan, y funcionan gracias a personas y organizaciones que el marco económico dominante a menudo minusvalora.


Lo que ocurre cuando se precariza a los operadores

La newsletter de McGirt tiene un destinatario implícito: quienes toman decisiones de recorte desde la distancia del despacho, convencidos de que un sistema puede adelgazarse sin consecuencias porque «la estructura aguanta». Lo que Cook demostró es que la estructura no aguanta sola; aguanta porque hay personas dentro que la sostienen. Y cuando esas personas desaparecen, lo que se pierde no es mano de obra sustituible sino conocimiento acumulado irreemplazable.

En España, los datos de la Cuenta Satélite de la Economía Social muestran algo parecido, aunque desde otro ángulo. Cuando en 2020 la pandemia golpeó la economía, la Economía Social amortiguó el impacto con una resiliencia entre 2,6 y 5,7 veces superior a la del resto del tejido productivo, según la variable que se mire. El empleo en la ES cayó un 1,95%; en el resto de la economía, un 11,08%. Las cooperativas apenas notaron el shock en su producción: una caída del 0,2%. Las asociaciones, por su parte, quemaron dos tercios de sus reservas para sostener a sus personas trabajadoras, una decisión colectiva que las variables convencionales registran como «caída de productividad» pero que, traducida al lenguaje de Cook, sería otra cosa: los operadores del sistema eligieron proteger la capacidad del sistema a costa de su propio excedente.

Y aquí viene el paralelo incómodo. Esas mismas asociaciones que amortiguaron el golpe fueron excluidas de la Línea COVID de ayudas directas: siete mil millones de euros destinados a «la economía» pero diseñados con tres filtros (códigos CNAE, facturación IVA, concepto de «empresa») que dejaban fuera a muchos de quienes cuidan, educan y atienden. Lo que hizo el Estado con las asociaciones se parece estructuralmente a lo que DOGE hizo con los controladores aéreos: tratar a los agentes de resiliencia como si fueran un coste prescindible.

Danièle Linhart lo ha descrito con precisión desde la sociología del trabajo, recuperando una genealogía que conviene no olvidar. La filosofía de Taylor se resumía en una intuición brutal: el saber es poder, y por tanto hay que arrancarlo de las manos de quien trabaja y transferirlo a los ingenieros del patrón. El management ortodoxo lleva más de un siglo refinando esa operación: el cambio organizacional permanente, documenta Linhart, no es un efecto secundario de la modernización sino una estrategia para hacer obsoleto el saber acumulado del operador y así impedir que se convierta en un interlocutor legítimo. Lo que la inteligencia artificial introduce en esta historia no es un capítulo nuevo sino la conclusión lógica del viejo sueño taylorista: ya no solo extraer el conocimiento del agente de resiliencia, sino sustituirlo. Pero esa promesa descansa sobre un supuesto que conviene examinar.


Lo que la IA no puede replicar

La ortodoxia reduccionista del management opera desde una premisa que rara vez se formula en voz alta: el activo prioritario es el capital, y el trabajo es el otro factor, del cual hay que extraer los elementos de valor. La separación capital-trabajo es también, y quizá sobre todo, separación saber-hacer. La IA generativa lleva esa lógica a su conclusión: sustituir al operador mismo, capturar sus patrones y decisiones en un sistema que no pide salario ni cuestiona. El sueño de un sistema complejo que funcione sin las personas que lo sostienen.

Pero aquí es donde el argumento de Cook adquiere una dimensión que ni Taylor ni los evangelistas de la IA contemplan. La resiliencia de los sistemas complejos no es solo conocimiento. Es también lo que el operador es capaz de generar con otros. Cook describía cómo los operadores coordinan respuestas que ningún algoritmo puede anticipar. Esa coordinación no emerge de la suma de conocimientos individuales; emerge de algo que el sociólogo Pierpaolo Donati llama bienes relacionales. Y conviene no reducirlos a una sola palabra.

Bienes relacionales son la confianza mutua construida a lo largo de años, sí, pero son también el sentimiento de pertenencia a una comunidad: la communitas. No es lo mismo ver un partido solo que con amigos que en un estadio; hay algo que emerge de la relación y que no existe fuera de ella. Bienes relacionales son la reciprocidad sin contrato, el dar sin calcular el retorno porque la relación lo sostiene. Son la solidaridad que no figura en ningún protocolo: cuando las asociaciones españolas quemaron dos tercios de sus reservas para proteger a sus personas trabajadoras durante la pandemia, esa decisión colectiva no estaba en ningún manual de gestión. Son lo que Johan Galtung llamó paz positiva: no la ausencia de conflicto sino la presencia activa de estructuras de cooperación. Son lo que Aristóteles llamó philia: la amistad entendida no como instrumento para otra cosa sino como fin en sí misma. Donati insiste en un rasgo crucial que los distingue del «capital social» de Coleman o Putnam: los bienes relacionales son constitutivos, fines en sí mismos, no medios para obtener otra cosa. Y se degradan precisamente cuando se los instrumentaliza: cuando alguien intenta convertir la confianza en indicador de cuadro de mando o la reciprocidad en cláusula de contrato, el bien relacional cambia y pierde parte de su valor.

Nosotros hemos identificado, a través de nuestro trabajo para desarrollar METACINES, que entre los activos intangibles que sostienen la resiliencia hay activos específicamente relacionales que operan bajo una lógica distinta a la del conocimiento extraíble: no son información codificable ni experiencia modelable, sino propiedades emergentes de relaciones sostenidas.

Y aquí viene el primer salto que importa. Hasta ahora hemos hablado de bienes relacionales interpersonales: la confianza entre dos controladores aéreos, la solidaridad entre personas socias trabajadoras. Pero la resiliencia que producen las organizaciones de la ESS no es la suma de esas confianzas individuales. Es algo ontológicamente distinto: bienes relacionales entre organizaciones, entre estructuras, entre formas de gobernanza. Y esos bienes relacionales interorganizacionales no dependen de que las personas se conozcan personalmente. Dependen de las estructuras de gobernanza cooperativa, del asset lock (que garantiza que los activos son colectivos e inalienables), de los principios cooperativos como marco normativo universal y de la conexión territorial.

Pero hay un segundo salto, y es el que cambia la conversación entera. Lo que acabamos de describir no es un mecanismo por el cual las organizaciones de la ESS producen resiliencia gracias a sus bienes relacionales, como quien usa una herramienta para obtener un resultado. Lo que ocurre es más radical: la resiliencia sistémica, en contextos de ESS, es ella misma un bien relacional. Emerge de las relaciones entre organizaciones y comunidades, no puede existir fuera de esas relaciones, se degrada cuando se la instrumentaliza, y es un fin en sí misma, no un medio para que el sistema sea más productivo. Lo que distingue esta resiliencia de la que describía Cook no es de grado sino de naturaleza: Cook hablaba de la resiliencia como propiedad de un sistema técnico sostenido por personas. La resiliencia de la ESS es propiedad de las relaciones mismas.

En términos polanyianos, lo que acabamos de describir es economía sustantiva: actividad económica que no cabe en las categorías formales porque su lógica no es la del mercado sino la del vínculo. Que la ortodoxia no sepa verla tiene consecuencias tanto para su capacidad descriptiva como para su capacidad prescriptiva; pero desarrollar ese argumento nos llevaría más lejos de lo que cabe en un artículo de blog. Lo dejamos para cuando se publiquen los paper académicos que hemos ido cocinando.

La IA puede capturar patrones de decisión, puede modelar conocimiento tácito, puede simular la respuesta del operador experto. Lo que no puede replicar es un bien relacional. No porque sea técnicamente difícil, sino porque no es conocimiento: es una propiedad que solo existe dentro de la relación, y que solo se produce participando en ella.


La ESS como resiliencia relacional

Si la resiliencia sistémica es ella misma un bien relacional, entonces las organizaciones cuyas estructuras producen y sostienen ese bien relacional son infraestructura de resiliencia. La ESS lo hace a múltiples escalas, en múltiples sectores, en múltiples geografías. El 60,8% del empleo cooperativo en España se ubica en ciudades intermedias, pequeñas y ámbito rural: precisamente allí donde el capital convencional se fue y donde, sin esas organizaciones, no habría economía que sostener.

Covap en Los Pedroches vertebra una comarca ganadera entera sobre la confianza intercooperativa acumulada entre miles de familias productoras que, sin la estructura cooperativa, serían competidoras aisladas en un mercado que las superaría. COOP57 toma decisiones de crédito en comisiones sociales donde las personas socias conocen los proyectos cara a cara: no es scoring algorítmico, es confianza entre organizaciones. La Siembra, una cooperativa de trabajo canadiense de comercio justo con solo seis personas empleadas, sostiene relaciones de veinte años con las mismas comunidades productoras en catorce países: cuando en 2014 estuvo al borde del colapso, Equal Exchange invirtió sus propios fondos no por retorno financiero sino por solidaridad «coop to coop», un bien relacional intercooperativo convertido en acto económico. Bharat Taxi ha registrado 400.000 conductores como socios-propietarios de una cooperativa de plataforma que sustituye la atomización de la gig economy por gobernanza compartida y asset lock colectivo. Les Juntes, en L’Hospitalet, acoge en siete de sus ocho viviendas a familias que venían de procesos de desahucio: lo que la cooperativa produce no es «vivienda asequible» sino la certeza estructural, garantizada por la propiedad colectiva inalienable, de que tu techo no es mercancía.

Ninguna de estas organizaciones es agente de resiliencia porque alguien le haya asignado ese papel. Lo son porque sus estructuras de gobernanza, propiedad y normatividad producen bienes relacionales que la ortodoxia no puede extraer ni la IA puede replicar. La diferencia con el marco de Cook es reveladora: sus operadores pueden ser despedidos por decreto porque los bienes relacionales que generan dependen de las personas. En la ESS, los bienes relacionales son también estructurales: están inscritos en la gobernanza, en el asset lock, en los principios cooperativos. Sobreviven al cambio de personas. Son resiliencia de segundo orden.


Lo que no cabe en el cuadro de mando

La administración Trump despidió controladores aéreos porque miraba un cuadro de mando donde esas personas aparecían como líneas de gasto. La IA promete que pronto no hará falta ni la línea de gasto. Ambas miradas comparten el mismo punto ciego: la incapacidad de ver que lo que sostiene un sistema complejo no es solo lo que sus operadores saben, sino las estructuras relacionales que generan entre ellos y entre sus organizaciones.

El cuadro de mando de la política económica de todos los países tampoco saben ver esto. No saben ver a las cooperativas, ni a las asociaciones de cuidados, ni a las entidades de crédito cooperativo como lo que son: infraestructura de resiliencia relacional. Organizaciones que producen los vínculos de confianza, reciprocidad y pertenencia sin los cuales el territorio deja de funcionar como sistema.

La ortodoxia del management, desde Taylor hasta la IA generativa, lleva más de un siglo intentando la misma operación: separar el valor del vínculo. La ESS lleva el mismo tiempo demostrando que esa separación es imposible. Que hay un tipo de valor que solo existe dentro de la relación, que se destruye cuando se extrae y que se multiplica cuando se gobierna colectivamente.

Quizá antes de preguntar cuánto pesa la Economía Social en el PIB, convendría preguntarse qué relaciones dejarían de existir si no estuviera ahí. Y qué dejaría de funcionar sin ellas.


Referencia: McGirt, E. (2026). «Systems are failing. Just ask airport staff.» Design Observer, The Observatory newsletter. Referencia teórica: Cook, R. How Complex Systems Fail. Cognitive Technologies Lab, U. Chicago. Linhart, D. (2026). Entrevista en Alternatives Economiques, 10/01/2026. Donati, P. (2019). Relational goods. Galtung, J. (1969). Violence, peace, and peace research. Aristóteles, Ética a Nicómaco, VIII-IX (philia). Datos: INE, Cuenta Satélite de la Economía Social 2019-2023; COCETA (2025), El Valor Diferencial del Cooperativismo. Bharat Taxi: Co-operative News, 23/02/2026.

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