Noticias económicas desde la ESS (2): BrewDog, o el punk no era punk, ni mucho menos revolucionario

Serie: Noticias económicas desde la ESS
Una serie de artículos que toman una noticia económica convencional y la leen desde la Economía Social y Solidaria: no como comentario al margen, sino como marco de análisis, como disciplina económica, como escuela heterodoxa con herramientas propias para entender lo que pasa.

Hace unos días saltó la noticia: Tilray Brands, una empresa canadiense de cannabis reconvertida en conglomerado de bebidas, ha comprado BrewDog por 33 millones de libras. Para quien no tenga la cifra en la cabeza: en 2017, el fondo de inversión TSG Partners valoró BrewDog en mil millones de libras. Una caída del 97% en nueve años. Doscientas veinte mil personas que invirtieron en las sucesivas rondas de «Equity for Punks» (cien millones de dólares en doce años) van a quedarse, con toda probabilidad, sin nada; TSG negoció en su día cláusulas de prioridad que les sitúan por delante en caso de venta. El punk, al final, se lo comieron los de siempre.

No escribo esto desde la distancia. Le tengo cariño a la cerveza artesana, un cariño que pasa por mucha historia de décadas, historia del descubrimiento, de la sorpresa en muchos de esos países que fueron mi segunda casa y por la intuición de que eso tenía que ver con la que es mi profesión y mi activismo: la economía social. Y encima esto habla de mi querida Escocia, que no solo quiero, sino que admiro porque lleva décadas inventando formas de hacer las cosas de otra manera, a veces con éxito y a veces estrellándose contra los mismos muros que el resto. BrewDog era parte de ese paisaje; durante años fue la empresa que más crecía en todo el Reino Unido, el orgullo de un sector que quería demostrar que se podía competir con las grandes sin perder el alma. Que esa historia haya terminado así no me produce satisfacción, aunque hace tiempo que señalaba que los Equity for Punks tenían un problema de fondo. Me produce, sobre todo, la necesidad de volver a esas discusiones de cuando hacíamos la Semanita de la Servesa y nos chocábamos también con muros de incomprensión.

Lo que aprendimos en La Semanita de la Servesa

Desde SOKIO organizamos durante dos años el Festival de Cerveza Artesana «La Semanita de la Servesa» en Sevilla y lo hicimos sin ganar ni un duro y echando horas sin cobrar. La idea no era montar un festival más, sino intentar algo que resultó mucho más difícil de lo que parecía: poner de acuerdo a los distintos actores del ecosistema cervecero artesano (bares, distribuidores, productoras locales y consumidores que a menudo eran también prosumidores) en una lógica de cooperación. El argumento que llevábamos era sencillo de enunciar y complicado de hacer aterrizar: el valor que entre todos estáis creando, si no lo protegéis, se lo van a apropiar otros.

No nos hicieron mucho caso. Los consumidores razonaban que su beneficio era que se abriera el abanico de cervezas disponibles y que la calidad subiera; si las industriales contribuían a abaratar el producto o a ampliar la distribución, tanto mejor. Los bares nos decían que cuando una industrial organizaba un evento ponía dinero en publicidad, en infraestructura, en cosas que una cooperativa de productoras locales no podía ofrecer. Las productoras, por su parte, tenían recelos entre sí que dificultaban cualquier articulación colectiva. Cada posición era individualmente racional desde una lógica económica errónea, la Neoliberal u ortodoxa. Colectivamente, estaban construyendo las condiciones exactas para que el valor que generaban fuera capturado por actores con más capital y menos escrúpulos.

Lo que BrewDog vivió a escala global, nosotras lo vimos en miniatura en Sevilla. La diferencia de escala no cambia la lógica: cuando un ecosistema crea valor colectivamente pero carece de los mecanismos para protegerlo, ese valor acaba en manos de quien tiene la estructura para extraerlo.

Lo que se llamó «ethos» nunca lo fue

Aunque este reel de Instagram que me ha inspirado tiene algunos de estos elementos y parte de este análisis, hay algo que me chirría en la manera en que se cuenta la historia de BrewDog, su fracaso. Se habla de una empresa que «perdió su ethos», que «traicionó sus valores comunitarios», que «creció demasiado rápido y se olvidó de lo que era». Esta narrativa presupone que hubo alguna vez un ethos genuino que luego se extravió. Pero si una mira la arquitectura organizativa de BrewDog desde el principio, lo que encuentra es una empresa mercantil convencional que adoptó el lenguaje, la estética y las promesas de la Economía Social y Solidaria sin incorporar ninguno de sus mecanismos: ni gobernanza democrática real, ni límites a la apropiación privada del valor, ni asset lock, ni primacía de las personas sobre el capital.

«Equity for Punks» es el ejemplo más elocuente. El nombre evoca las campañas de capitalización cooperativa, la idea de que cualquiera puede ser copropietaria de algo que le importa. Pero el instrumento no otorgaba gobernanza efectiva, no protegía contra la dilución, no contenía ningún mecanismo de bloqueo de activos. Era, en términos precisos, un simulacro financiero vestido de comunidad. Lo que BrewDog hizo no fue construir un ethos y luego perderlo: fue apropiarse de un repertorio discursivo y simbólico que pertenece a la tradición cooperativa y solidaria, e insertarlo en una estructura diseñada para la acumulación privada. Lo llamamos mimetismo extractivo, porque captura tanto la dimensión de imitación como la lógica subyacente.

Y BrewDog era escocés. Esto no es un detalle menor. Escocia tiene una de las tradiciones cooperativas y mutualistas más ricas de Europa, una historia larga de empresas comunitarias, development trusts, cooperativas de desarrollo local. BrewDog creció rodeado de ese ecosistema y, en cierto modo, se alimentó de él simbólicamente sin participar de su lógica. La empresa más importante de Escocia, la que más crecía en UK, resultó ser una que usaba el lenguaje de la comunidad para financiar exactamente lo contrario.

El vacío que lo hizo posible

¿Por qué nadie lo vio? O mejor dicho: ¿por qué quienes lo señalaban no fueron escuchados? Aquí es donde el caso BrewDog deja de ser una anécdota del sector cervecero y se convierte en algo más incómodo.

Teasdale, Roy y otros colegas publicaron en 2020 un artículo titulado «Everyone a Changemaker?» en el que analizan el discurso de Ashoka, una de las organizaciones de innovación social más influyentes del mundo. Lo que encuentran es que Ashoka evita deliberadamente especificar principios morales (gobernanza democrática, igualdad, sostenibilidad) y en su lugar propone una vaguedad estratégica que permite atraer apoyos amplios sin comprometerse con nada concreto. «Everyone a changemaker» suena a empoderamiento universal, pero en la práctica equivale a decir: adáptate al mundo tal como es, bajo la guía de líderes inspiradores. No hay transformación institucional; hay individuos excepcionales que surfean la aceleración.

Esa narrativa del emprendedor brillante, del changemaker que todo lo transforma con su visión y su carisma, es exactamente la que el sector cervecero artesano compró sin cuestionar. Se dio mucho bombo a historias de crecimiento exponencial, de cuota de mercado arrebatada a las industriales, de competitividad y disrupción. James Watt, fundador de BrewDog, era el changemaker perfecto: carismático, provocador, imparable. Y sin embargo, sin todo el andamiaje que la ESS ha construido durante más de un siglo (principios y valores codificados, legislación y regulación adaptada, prácticas y procedimientos de gobernanza, contabilidad que visibilice el valor real, y una disciplina económica heterodoxa que dé coherencia al conjunto), no había manera de distinguir lo genuino de lo mimético. La vaguedad del discurso de innovación social llenó un vacío epistemológico que la ESS podría haber ocupado.

Y hay una advertencia que va más allá del sector cervecero. Los Equity for Punks son un caso extremo, pero el problema de no comprender lo que significan realmente los instrumentos financieros afecta también a la ESS genuina. Veo emisiones de préstamos participativos, tramos de deuda junior o mezzanine en organizaciones que sí tienen vocación solidaria, pero que sin salvaguardas pueden también llevar a casos menos graves pero en los que los «punks» de este caso no terminen de entender que no tienen control sobre su inversión y que asumen más riesgo que con otros productos. Sin contabilidad adaptada que visibilice el valor intangible, sin marco teórico que articule por qué ciertos instrumentos son incompatibles con la lógica generativa, esos instrumentos pueden reproducir, a menor escala, las mismas dinámicas que destruyeron el valor de los Equity for Punks.

Lo que ya existía y nadie miró

Lo más paradójico es que, en la propia Escocia, se está construyendo ahora mismo un marco legislativo que podría ser un valladar para que no se repita un BrewDog 2. La Community Wealth Building Act propone cinco pilares (propiedad plural y democrática, finanzas locales recirculatorias, empleo justo, contratación anclada en el territorio, gestión democrática de tierra y activos) que si adquieren fuerza más allá de lo discursivo, quizás eviten eso. Mi amigo Michael Roy, que es coautor del artículo sobre Ashoka y Neil McInroy, el mayor defensor del CWB escocés, creo que son conscientes de que la Ley corre el riesgo de quedarse en eslogan si no se dota de recursos, capacidad comunitaria y cambios reales de poder.

Aquí es donde la ESS tiene algo que ofrecer que el CWB no necesita inventar de nuevo. Hay una tradición centenaria de principios cooperativos codificados, de legislación probada en docenas de países, de instrumentos financieros diseñados desde la lógica solidaria, de literatura académica que analiza los juegos de poder, las barreras de financiación, los mecanismos de captura institucional. Polanyi, Laville, Bourdieu, McInroy, Kelly: hay un aparato conceptual robusto que permite entender por qué BrewDog ocurrió, por qué volverá a ocurrir si no cambiamos los marcos, y qué alternativas existen realmente. El CWB gana profundidad si se reconoce heredero de esa tradición. Y la ESS gana tracción política si se articula con marcos legislativos nuevos como la CWB Act, en lugar de esperar a que el mundo descubra lo que lleva siglos proponiendo.

Lo que queda

BrewDog no es una historia de mala gestión ni de un fundador que perdió el rumbo. Es lo que pasa cuando el único marco disponible para pensar la economía es el que celebra el crecimiento sin preguntarse a quién pertenece lo que se crea. Es lo que pasa cuando se puede recaudar cien millones de dólares en nombre de la comunidad sin que ningún mecanismo garantice que esa comunidad tenga voz, voto o protección. Es lo que pasa cuando un sector entero confunde la estética de la rebelión con la arquitectura de la transformación.

Lo que falta no es un elemento sino un sistema. Y ese sistema es exactamente lo que la Economía Social y Solidaria ofrece cuando se toma en serio a sí misma: no como decorado amable del capitalismo, sino como el andamiaje que hace que las palabras (comunidad, participación, propiedad compartida) signifiquen realmente algo. Que no sean, como lo fueron para doscientas veinte mil personas que creyeron en Equity for Punks, solo para darse cuenta que los punks que les vendían la moto eran pijos disfrazados.

Datos: Reel de Instagram; Teasdale, Roy et al. (2020), «Everyone a Changemaker?», Journal of Social Entrepreneurship.
Análisis propio, marzo 2026.
Este artículo es el segundo de la serie Noticias económicas desde la ESS.

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