Noticias económicas desde la ESS (1): Las cooperativas que lideran los rankings provinciales de facturación

Serie: Noticias económicas desde la ESS

Una serie de artículos que toman una noticia económica convencional y la leen desde la Economía Social y Solidaria: no como comentario al margen, sino como marco de análisis, como disciplina económica, como escuela heterodoxa con herramientas propias para entender lo que pasa.

La noticia

Cada cierto tiempo, elEconomista.es actualiza su Ranking Nacional de Empresas, una base de datos que ordena más de medio millón de sociedades por volumen de facturación. Es una de esas publicaciones que la prensa económica recoge con naturalidad, como quien mira el termómetro: quién sube, quién baja, qué provincia concentra más actividad, qué sectores crecen. Los titulares se repiten con variaciones menores de un año a otro, y rara vez alguien se detiene a hacer una pregunta que, desde la economía convencional, no parece relevante: ¿qué forma jurídica tienen esas empresas que encabezan las listas? ¿A quién pertenecen? ¿Qué hacen con el valor que generan?

Nosotras nos hemos detenido. Hemos recorrido el ranking provincia por provincia, buscando cooperativas entre las empresas con mayor facturación. No porque esperásemos encontrar algo espectacular (la economía cooperativa no necesita espectáculo), sino porque sospechábamos que el mapa real de la economía productiva en España tiene una textura que estos rankings, por su propia lógica, no están diseñados para mostrar.

Lo que encontramos confirma esa sospecha, y la desborda.


Lo que dicen los datos

En cuatro provincias (Granada, Málaga, Ourense y Zamora) la empresa que más factura es una cooperativa. En diez, hay una cooperativa entre las tres primeras. En diecinueve, entre las diez primeras. Y solo en nueve provincias de todo el país no aparece ninguna cooperativa entre las cien mayores empresas.

Posición de la 1ª cooperativaProvincias
Nº 1Granada, Málaga, Ourense, Zamora
Top 3Córdoba, Murcia, Navarra, Sevilla, Teruel, Valencia
Top 5Ávila, Huelva, Las Palmas, Lleida, Lugo, Palencia
Top 10Albacete, Almería, Badajoz, Bizkaia, Cáceres, Huesca
NingunaÁlava, Burgos, Cantabria, Ciudad Real, Girona, Pontevedra, S.C. Tenerife, Segovia, Tarragona

Las diez cooperativas con mayor facturación en estos rankings componen un paisaje que merece ser leído con calma:

CooperativaProvinciaFacturación
ConsumValencia4.073 M€
COFARESMadrid3.870 M€
Bida FarmaSevilla2.810 M€
Grupo BidafarmaGranada2.583 M€
EroskiBizkaia1.970 M€
Hermandad FarmacéuticaMurcia1.558 M€
DcoopMálaga1.409 M€
UnnefarNavarra1.196 M€
Fed. FarmacèuticaBarcelona917 M€
CorenOurense795 M€

No son cifras de nicho ni de proyecto comunitario entrañable. Son actores económicos de primera línea que operan bajo una forma jurídica distinta: una forma que implica, al menos en su diseño, otra distribución del poder, otra relación entre propiedad y trabajo, otro destino para el beneficio generado. Y casi nadie lo nombra.


El nombre que no aparece

Hay una ausencia que merece párrafo propio. El Grupo Mondragón, la mayor corporación cooperativa del mundo, con unas ventas agregadas de más de 11.000 millones de euros en 2024, no aparece en ningún ranking provincial. No porque no exista, ni porque no facture, sino porque la contabilidad empresarial no tiene categoría para lo que Mondragón es: un grupo cooperativo de coordinación, formado por cooperativas independientes, cada una con su propia personalidad jurídica y sus propias cuentas. Al no existir una relación de dominio tipo matriz-filial, la normativa contable no les obliga a consolidar como haría un grupo mercantil convencional. Y un ranking que mide sociedades individuales ordenadas por volumen no puede ver una galaxia cuya forma solo emerge cuando se sabe que está ahí. Y Mondragón no es el único caso: el Grup CLADE en Cataluña agrupa cooperativas tan diversas como Suara (servicios sociales), Abacus (consumo), La Fageda (inserción laboral), Caja Ingenieros (crédito) y Som Energia (energía renovable), con una facturación conjunta que supera los 1.600 millones de euros.Tampoco aparece en ningún ranking como entidad única. Y hay una tercera forma de invisibilidad, quizá la más sutil: la Fundación Espriu, que agrupa las cooperativas del cooperativismo sanitario español (Lavinia, SCIAS, Autogestió Sanitària), con 2.100 millones de euros de facturación en 2024 y 3,4 millones de personas aseguradas. Pero tanto ASISA como Assistència Sanitària, las aseguradoras del grupo, están registradas como sociedades anónimas. Las cooperativas son las propietarias, pero las empresas que facturan tienen forma mercantil. El ranking las cuenta como una S.A. más.

En Gipuzkoa, las cooperativas del ecosistema Mondragón aparecen dispersas (Ulma Packaging en el puesto 12, y otras salpicadas entre las cien primeras) como fragmentos de un cuerpo que el instrumento de medición no está calibrado para recomponer. Esto no es un fallo menor ni una curiosidad estadística. Es una limitación estructural de los marcos contables convencionales, que fueron diseñados para medir sociedades de capital con accionistas y cuentas anuales integradas, y que sencillamente no saben qué hacer con formas de organización económica que no responden a esa lógica.


Una galaxia con centro y bordes

No todas las cooperativas son iguales, y decir esto no es una concesión sino una honestidad que la propia ESS necesita practicar con más frecuencia.

Hay un núcleo denso en esta galaxia. Cooperativas de trabajo, de producción, de consumo, arraigadas en un territorio concreto, donde la propiedad y la gobernanza desplazan el poder del capital hacia las personas que trabajan, que producen, que consumen, que viven ahí. Dcoop en Antequera, con más de 75.000 familias agricultoras y ganaderas agrupadas en 170 cooperativas. Covap en Los Pedroches, que ha vertebrado una comarca ganadera entera bajo gobernanza cooperativa, y donde las personas trabajadoras tienen representación en el consejo rector, algo que la convierte en algo más que una cooperativa agraria al uso. Coren en Ourense, sosteniendo una economía rural que sin cooperativismo no tendría estructura. Las cooperativas industriales del ecosistema Mondragón, que son cooperativas de trabajo en el sentido más pleno del término: las personas socias trabajadoras son las propietarias. Las hortofrutícolas almerienses, donde quince cooperativas aparecen entre las cien mayores empresas de la provincia. Y Eroski, que es un caso singular: una cooperativa híbrida donde trabajadoras y consumidoras comparten la gobernanza en la asamblea general y en el consejo rector.

Hay también una ausencia significativa. Las cooperativas de crédito no aparecen en estos rankings porque las entidades financieras se clasifican por separado. Pero el Grupo Cooperativo Cajamar, con sede en Almería, es una de las mayores entidades de banca cooperativa del país, y su arraigo territorial en provincias donde la economía cooperativa agraria es dominante no es casual: el crédito cooperativo y la producción cooperativa se han alimentado mutuamente durante décadas.

En todos estos casos, la facturación es la consecuencia de una organización económica que nace de abajo, que distribuye decisiones y que ancla riqueza al lugar donde se genera.

Y hay un borde más difuso. Las cooperativas farmacéuticas de distribución (Bidafarma, COFARES, Unnefar, Hermandad Farmacéutica) son algunas de las mayores cooperativas del país por facturación, y sus socias no son personas trabajadoras sino farmacias. Su forma jurídica altera la estructura de propiedad, pero su práctica cotidiana no transforma necesariamente la relación entre capital y trabajo del mismo modo que una cooperativa de producción. La entidad que gestiona el sistema SWIFT también es, formalmente, una cooperativa. De ahí a hablar de transformación hay un tramo largo.

Jean-Louis Laville ha descrito bien este fenómeno: el isomorfismo institucional empuja a las cooperativas a mimetizarse con las empresas de capital con las que compiten, hasta el punto de que algunas terminan siendo, en la práctica, organizaciones pro-sistémicas. Es una crítica necesaria y que la propia ESS debería asumir sin defensas. Pero no es toda la historia, y para entender por qué hay que mirar un poco más adentro de la estructura.

La empresa capitalista se organiza sobre una asunción que rara vez se explicita: que el capital es el factor productivo escaso, y que por tanto es al capital al que le corresponden los derechos de propiedad y de gobernanza sobre la organización. Quien aporta capital, gobierna; quien aporta trabajo, obedece. Toda la arquitectura de la sociedad anónima se sostiene sobre esa premisa: la gobernanza proporcional al capital invertido, la distribución de dividendos como retribución al riesgo del inversor, la maximización del valor para el accionista como horizonte de gestión. No es una ley natural; es una convención, pero una convención tan profundamente asumida que ha dejado de percibirse como tal.

Lo que hace una cooperativa, incluso la más asimilada al mercado, es alterar esa premisa de raíz. En una cooperativa, la gobernanza no pertenece al capital sino a las personas: las que trabajan, las que producen, las que usan el servicio. Eso no es un matiz menor ni un detalle jurídico. Es un desplazamiento del eje sobre el que se organiza toda la actividad económica.

Charles Gide lo intuyó ya en 1899 cuando propuso, ante el Congreso Mundial de Cooperativas en París, la idea de una République Coopérative: una sociedad en la que progresivamente toda la actividad económica estuviera organizada de forma cooperativa. Henri Desroche la retomó décadas después como «utopía practicada», y hay algo en esa formulación que ilumina lo que estos datos muestran. No se trata de que cada cooperativa farmacéutica sea un agente de transformación radical. Se trata de algo más estructural: si todas las empresas que aparecen en estos rankings fueran cooperativas, la premisa fundacional del sistema habría cambiado. El capital seguiría existiendo como factor productivo, pero ya no gobernaría. El sistema seguiría teniendo mercado, competencia, escala; pero las reglas de quién posee, quién decide y hacia dónde fluye el valor serían otras.

Eso es lo que incluso las cooperativas menos transgresoras ponen en juego, aunque no lo sepan y aunque Laville tenga razón en que muchas se han mimetizado con el mercado hasta casi confundirse con él: la alteración de las condiciones de base. No la revolución, sino algo que quizá la precede: el desplazamiento de la gobernanza económica del capital hacia las personas.


Donde la cooperativa es la economía

Hay provincias donde este debate sobre grados y matices se vuelve casi abstracto, porque la cooperativa no es una alternativa al modelo dominante: es el modelo. No por razones ideológicas, sino porque cuando el capital se fue — a la costa, a la ciudad, al fondo de inversión — la cooperativa fue la forma que encontró la gente para seguir produciendo, para seguir viviendo, para que el territorio no se convirtiera en un paisaje sin economía.

En Teruel, la segunda empresa por facturación es una cooperativa ganadera. En Zamora, la primera. En Ávila, la cuarta. En Ourense, la primera. Son provincias de lo que otros llaman la España vaciada. Nosotras preferimos nombrarla como lo que es: la España que otros abandonaron, y donde las cooperativas se quedaron.

En Almería, quince cooperativas aparecen entre las cien mayores empresas. En Badajoz, doce. En Huelva, once. En Cáceres, ocho. No son excepciones: son el tejido económico. Y cualquier política de desarrollo territorial que no ponga la economía cooperativa en el centro de su análisis está, sencillamente, mirando un mapa incompleto.


Una lectura desde la predistribución

Si la cooperativa desplaza la gobernanza del capital hacia las personas, la pregunta que sigue es política: ¿se puede hacer algo deliberado con eso, o solo cabe esperar a que el tejido cooperativo crezca por sí solo?

Hay un marco que propone exactamente esa deliberación. Se llama Community Wealth Building (construcción de riqueza comunitaria) y parte de la pregunta que estos datos ponen sobre la mesa: ¿quién posee realmente la economía de un territorio y quién se beneficia de ella? El CWB no se limita a constatar que las cooperativas existen; propone articular la propiedad democrática, la recirculación de la riqueza en el territorio y la contratación pública como estrategia coordinada de cambio económico. Es lo que el politólogo Jacob Hacker llamó predistribución: no solo repartir mejor lo que hay después de producirlo (eso es redistribución, y es necesario pero insuficiente) sino cambiar las reglas de quién posee y quién gobierna antes de que se generen los resultados. Además esa es una propuesta política en el sentido más alto de la palabra: lucha por transformar enfrentandose a los resortes de poder y acaba de ganar una pequeña gran batalla con la aprobación de la ley de CWB en Escocia el pasado 10 de febrero.

Vista desde este marco, una cooperativa farmacéutica de segundo grado no es una anomalía incómoda para la ESS ni un caso de isomorfismo sin remedio. Es una pieza de un sistema de propiedad alternativo que ya existe pero al que le queda camino por recorrer. Una pieza que, combinada con instituciones públicas que orienten su contratación, con finanzas locales que no respondan a la lógica del inversor, y con políticas que fortalezcan la gobernanza cooperativa en lugar de erosionarla, podría ser parte de algo que el modelo extractivo no puede ofrecer: una economía que se queda donde se genera, porque las personas que la gobiernan viven ahí.


Lo que este ranking no sabe que está diciendo

Los datos de elEconomista.es no fueron compilados para demostrar nada sobre la economía cooperativa. Esa es, precisamente, su fuerza como evidencia. Un ranking diseñado para medir el éxito empresarial en los términos más convencionales posibles (la facturación bruta, la escala, el volumen) resulta que, cuando se le mira con las preguntas adecuadas, revela una economía cooperativa que no es marginal, ni utópica, ni una nota al pie.

Existe en cuarenta y una provincias. Factura miles de millones. Sostiene territorios que el capital convencional abandonó. Y sigue esperando que alguien la nombre como lo que es: no una excepción al modelo económico, sino una parte estructural de la economía real de este país, que los instrumentos de medición dominantes no están calibrados para ver.

Quizá el primer paso para cambiar una economía sea aprender a leerla de otro modo.


Datos: Ranking Nacional de Empresas, elEconomista.es (fuente INFORMA D&B, 2022-2024). Análisis propio, febrero 2026.
Este artículo es el primero de la serie Noticias económicas desde la ESS.

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