Noticias económicas desde la ESS (3): Cuando las herramientas se convierten en fines
Serie: Noticias económicas desde la ESS
Una serie de artículos que toman una noticia económica convencional y la leen desde la Economía Social y Solidaria: no como comentario al margen, sino como marco de análisis, como disciplina económica, como escuela heterodoxa con herramientas propias para entender lo que pasa.
La noticia
El 26 de febrero de 2026, el Instituto Nacional de Estadística publicó la Cuenta Satélite de la Economía Social para la serie 2019-2023: la primera radiografía completa, con categoría de contabilidad nacional, de lo que la Economía Social produce, emplea, remunera y distribuye en España. Cuatro tablas, miles de filas de datos cruzados por tipo de entidad, rama de actividad y agregado contable. Un ejercicio estadístico que llevaba años demandándose y que, ahora que existe, permite hacer algo que hasta la fecha requería estimaciones y aproximaciones: medir la ES con las mismas herramientas que se mide el resto de la economía.
Lo que la prensa económica recogerá de esta publicación, si es que la recoge, será probablemente una cifra: la Economía Social representa el 4% del VAB español. Una cifra que suena pequeña, que invita a pasar de página, y que cumple a la perfección la función que las cifras agregadas suelen cumplir: dar la impresión de que uno ya sabe lo que necesitaba saber.
Nosotros hemos hecho algo distinto. Hemos leído las tablas con un poco de más calma, cruzando variables, reconstruyendo la economía «no-ES» a partir de los porcentajes que la propia cuenta satélite ofrece, y comparando trayectorias entre tipos de entidad. Lo que hemos encontrado no es un sector pequeño que se comporta como cabría esperar. Es un conjunto de datos que, leídos con las preguntas adecuadas, pone en cuestión algunas de las variables que la economía convencional trata como fines en sí mismos cuando, en realidad, no son más que herramientas de medición. Herramientas cuyo sentido depende de qué se pregunte y para qué.
Productividad: una herramienta que dejó de serlo
Empecemos por la más naturalizada. La productividad, medida como valor añadido por puesto de trabajo, aparece en cualquier debate macroeconómico como un objetivo: hay que mejorarla, aumentarla, cerrar la brecha con Europa. Se habla de ella como si fuera un fin, cuando es un cociente: el resultado de dividir dos magnitudes que, por separado, cuentan historias muy distintas.
En la Cuenta Satélite, la productividad de las cooperativas creció un 11,7% entre 2019 y 2023, de 48.698 a 54.409 euros por puesto de trabajo. La de las asociaciones cayó un 2,1%. Leído con la lógica convencional, la conclusión sería inmediata: las cooperativas son más eficientes, las asociaciones menos. El marco ortodoxo invita a preguntarse qué están haciendo mal las asociaciones y qué podrían aprender de las cooperativas.
Pero esa lectura es, en el mejor de los casos, inútil. En el peor, ideológica. Porque el valor añadido de una asociación tiene una composición radicalmente diferente al de una cooperativa. En 2023, el 90% del VAB de las asociaciones era remuneración de asalariados. Solo un 9,9% era excedente bruto, la capacidad de la entidad para generar reservas, invertir o cubrir imprevistos. En 2019, ese excedente era el 23,7%. Lo que ocurrió no fue una caída de la productividad: fue una decisión colectiva de sostener el empleo quemando reservas. Las asociaciones eligieron pagar a sus personas trabajadoras con menos ingresos. La remuneración subió un 2,1% en 2020, el año en que la producción cayó un 11%. El excedente, que es lo que esa decisión sacrificó, se desplomó un 41,7% en un año, y otro 41% al siguiente. De 2.289 millones de euros en 2019 a 787 millones en 2021: dos tercios de las reservas operativas, volatilizados en dos ejercicios.
Decir que la productividad de las asociaciones bajó es técnicamente cierto y analíticamente vacío. La variable no describe lo que ocurrió; lo oculta. Y lo oculta porque fue diseñada para medir otra cosa: la eficiencia del capital invertido en generar valor (y de paso remunerar a los accionistas), no la capacidad de una organización sin ánimo de lucro para sostener empleo en condiciones de crisis. Aplicar la misma métrica a una cooperativa agroalimentaria y a una asociación de servicios sociales es como medir la velocidad de un río y la de una raíz: el instrumento funciona, pero lo que mide no significa lo mismo.
Contracíclica, pero no como crees
El segundo dato que merece una lectura menos automática es el de la estabilidad anticíclica. La prensa económica, cuando habla de la ES en tiempos de crisis, suele recurrir a una fórmula: «la economía social resiste mejor.» Y los datos de la Cuenta Satélite lo confirman con rotundidad: en 2020, el VAB de la ES cayó un 3,7% frente al 9,5% de la economía no-ES; el empleo, un 1,95% frente al 11,08%. La ES fue entre 2,6 y 5,7 veces más resiliente que el resto, según la variable que se mire.
Pero la historia no termina ahí, y lo que sigue es más interesante que el titular. Porque la ES también rebotó menos. En 2021, cuando la economía no-ES creció un 8,7% en VAB, la ES creció un 4,2%. En 2022, la diferencia fue aún mayor: 12,5% frente a 4,9%. La ES ganó peso relativo durante la crisis (su cuota de VAB pasó del 4,25% al 4,51% en 2020) y lo ha ido cediendo en la recuperación (3,98% en 2023).
La lectura ortodoxa de este patrón tiene un nombre: baja productividad, rigidez, incapacidad para capitalizar el rebote. Y esa lectura es posible si la estabilidad se considera un defecto y la volatilidad una virtud. Pero si una se detiene a pensar qué significa esta trayectoria para las personas que trabajan en la ES, el cuadro es otro. Significa que 1,27 millones de puestos de trabajo apenas notaron la sacudida que destruyó el 11% del empleo en el resto de la economía. Y significa que la recuperación no vino acompañada de precarización acelerada, subcontratación masiva ni rotación frenética; las formas habituales en que la economía convencional genera crecimiento rápido del empleo a costa de su calidad.
La ES no es simplemente contracíclica en el sentido habitual del término: algo que cae cuando todo sube y sube cuando todo cae. Es estructuralmente menos volátil en ambas direcciones. Y eso la convierte, si se acepta que la estabilidad del empleo tiene valor, en la mejor forma de estabilizador que una economía puede tener: una que no necesita destruir para ajustarse y que no necesita precarizar para crecer.
Los dos mundos dentro de la Economía Social
La Cuenta Satélite permite, por primera vez, ver con nitidez una fractura interna que el discurso unitario de la ES suele diluir: la diferencia entre sus entidades de mercado y las de no-mercado.
Las cooperativas, como empresas de mercado, atravesaron la pandemia con un impacto mínimo. Su producción apenas cayó un 0,2% en 2020. Mantuvieron una estructura distributiva estable: entre el 55% y el 60% del VAB a remuneración, entre el 40% y el 45% a excedente. No tuvieron que elegir entre pagar salarios y mantener reservas, porque su modelo de negocio les permitía hacer ambas cosas. Y como empresas, accedieron a todos los instrumentos de emergencia que el Estado desplegó: ERTEs, líneas ICO, ayudas directas.
Las asociaciones vivieron otra pandemia. No por ser peores gestoras, sino porque operan en un mundo institucional que no las reconoce como actores económicos. La Línea COVID de ayudas directas, dotada con 7.000 millones de euros a través del Real Decreto-ley 5/2021, contenía tres filtros que las excluían de forma casi total. El primero era una lista de 95 códigos CNAE elegibles, orientada a turismo, hostelería y comercio; las actividades asociativas (CNAE 94), los servicios sociales (CNAE 88), la educación (CNAE 85) y la sanidad (CNAE 86-87) no estaban incluidos. El segundo era un criterio de facturación declarada en el IVA: muchas asociaciones están exentas o tienen volumen mínimo porque sus ingresos son subvenciones, donaciones y cuotas. El tercero era conceptual: el decreto se titulaba «apoyo a la solvencia empresarial» y definía sus destinatarios como «autónomos y empresas.»
Tres filtros, un mismo efecto: las asociaciones, que emplean a 291.000 personas y generan 9.762 millones de euros de valor añadido, quedaron fuera de un instrumento diseñado para sostener «la economía» durante la peor crisis en décadas. Accedieron a los ERTEs, que cubrían cotizaciones y prestaciones pero no inyectaban liquidez operativa. Algunas comunidades autónomas crearon líneas específicas para el tercer sector, pero con presupuestos limitados y criterios discrecionales. El resultado está en las cifras: un excedente que en 2023 sigue siendo menos de la mitad del de 2019.
Hay un dato adicional que merece atención, aunque por ahora solo como hipótesis. Las entidades mercantiles filiales de la ES (sociedades de capital participadas por cooperativas, asociaciones u otras entidades) perdieron un 10,1% de su empleo entre 2019 y 2023, la mayor caída de toda la Economía Social. No es un dato fácil de interpretar sin más investigación, pero plantea una pregunta incómoda: cuando las entidades de la ES crean filiales con forma mercantil para operar en mercados que exigen esa forma jurídica, ¿reproducen la lógica que buscaban transformar? ¿Son el puente necesario hacia una economía plural, o la concesión que erosiona el proyecto desde dentro? Los datos no responden a esa pregunta, pero la formulan.
Lo que mide no es lo que importa
La Cuenta Satélite de la Economía Social es un logro estadístico. Pero es también, sin proponérselo, un documento sobre los límites de las variables con las que medimos una economía. La productividad, que en las cooperativas cuenta una historia de mejora y en las asociaciones oculta una historia de sacrificio. La estabilidad anticíclica, que leída como rigidez parece un defecto y leída como protección del empleo es una virtud. El peso en el PIB, que medido en VAB dice 4% pero que, si se sumara el trabajo voluntario de 6,5 millones de personas (7.086 millones de euros de VAB imputado, el 13% del VAB monetario de la ES), diría otra cosa. Las ayudas públicas, que dicen dirigirse a «la economía» pero que en la práctica se dirigen a la economía de mercado, dejando fuera a entidades que cuidan, educan y atienden a quienes el mercado no atiende.
Cada una de estas variables fue diseñada como una herramienta: un modo de observar, de comparar, de entender. Pero en algún momento del camino, la herramienta se convirtió en fin. La productividad dejó de ser un indicador y se transformó en un objetivo. El crecimiento del PIB dejó de ser una medida y se convirtió en una meta. La volatilidad dejó de ser un riesgo y pasó a interpretarse como dinamismo. Y una vez que la herramienta se convierte en fin, todo lo que no encaja en ella deja de existir: no porque no sea real, sino porque el instrumento no está calibrado para verlo.
Quizá lo más valioso de la Cuenta Satélite no sea lo que mide, sino lo que permite preguntar. Y la primera pregunta que estos datos plantean no es cuánto pesa la Economía Social, sino por qué seguimos midiendo la economía con instrumentos que no pueden ver lo que realmente importa (precisamente lo que Economía Social hace).
Datos: INE, Cuenta Satélite de la Economía Social, serie 2019-2023 (publicada 26/02/2026). Contraste normativo: RDL 5/2021 (BOE-A-2021-3946). Análisis propio, marzo 2026.
Este artículo es el tercero de la serie Noticias económicas desde la ESS.

